Bondad amorosa

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“Haz el bien, sin importar a quien” (Abuela Pocha).

Macario, un ermitaño cristiano, (perteneciente a los padres del desierto) fue un ejemplo palpable de bondad amorosa. Existen registros que informan que en el siglo II d.c. alguien llevó uvas (manjares raros que se cultivaban en tierras lejanas) hasta el desierto donde vivía Macario, y se las obsequió. Pero este desistió de comerlas. Y optó por entregárselas a otro ermitaño que parecía necesitarlas más que él, ya que se encontraba débil.

Sin embargo, éste último monje, decidió dárselas a otro que a su parecer las necesitaba aún más,  aunque se sintió agradecido con Macario.

En definitiva, luego de que la fruta recorriera toda la comunidad de ermitaños, volvió nuevamente a las manos de Macario.

Daniel Goleman y Richard J. Davidson definen “amorosa bondad” como: el deseo de que otras personas sean felices. Y compasión como: El deseo de que las personas sean libradas del sufrimiento. (Del libro Rasgos alterados. Página 126).

La bondad es un acto de amor. Es dar, sin esperar recibir nada a cambio. Es ofrecerte con el objeto de ayudar al prójimo, o simplemente por el hecho de amar. Y no hablo de dar, en el sentido exclusivo de lo material. Sino de todo aquello que signifique un bien, ya sean unas palabras, un abrazo, un beso, un consejo, una mirada, una sonrisa, un gesto, un silencio cómplice, etc.

Sin embargo, la bondad se encuentra en peligro de extinción. Cada vez más la sociedad cae en la trampa del ego. Ese ego agobiante que genera una división entre el yo y los demás. Como una especie de muro, que separa lo indivisible: El todo.

Todos somos parte del todo. No existe la individualidad como tal, es simplemente una falacia de nuestra mente. Los seres compartimos un origen en común que nos conecta y que existe más allá de la vida mortal de cada uno. Somos parte de la historia, pero la historia en sí misma.

Dicha individualidad hace que busquemos la felicidad a través de efímeros, en diversas aristas a la vez, para no sentirnos vacíos. Verbi gracia, en los bienes materiales. Pero todos sabemos que las sensaciones y emociones son temporales, y las búsquedas desesperadas largas, cuando tomamos decisiones para saciar desavenencias con nuestro ser. El ego es nuestra jaula, la bondad todo lo que se encuentra afuera. Esta es libertad, plenitud, alegría, compasión, es una de las madres de la felicidad pura.

Es lógico y necesario que para ser bondadosos con los demás, primero debamos serlo con nosotros. ¿Nos amamos como somos? ¿Nos aceptamos? ¿Nos gustamos? ¿Buscamos hacernos bien? ¿Cómo poder ayudar a los demás, cuando no nos ayudamos a nosotros? Cabe aclarar que eso no es ego, es amor puro. Es amar cada parte de nuestro ser, a los efectos de ser capaces de amar a los demás.

Ayudemos al prójimo día a día. No solo haremos el bien, sino que además cambiaremos nuestra vida.

Entiendo que un bondadoso de corazón es anónimo. El “bondadoso anónimo” es aquel que hace un bien pero no lo alardea con sus semejantes, no busca resplandecer a costa de las necesidades de otros.  Es aquel que actúa con corazón y no por conveniencia.

La bondad es una práctica que genera salud, fuertes lazos, felicidad, calma, amor, plenitud, apertura y compasión.

Así me lo enseñó mi abuela, mi maestra en bondad amorosa.

2 comentarios en “Bondad amorosa

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